24.5.13

me vengo en ti

                              me encuentro en mí

                                                                    nos encontramos
                            
                               

Retroducción

Habría que comenzar no por hablar ni por callar, 
sino por hallar, 
habría que quitar el dedo del renglón, y los puntos sobre las íes, 
salir no por la SALIDA, 
ni mucho menos por la ENTRADA, 
sino por la de emergencia.
Habríamos de caminar caminos paralelos, apreciarnos a distancia, 
porque las cercanías empañan. 
Habriamos de tener el amor por oro,
y ese oro como un tesoro, y así no disiparlo,
como bien aconseja el capítulo siete del libro de Mateo.
Habríamos de fomentarnos,
sembrarnos,
pensarnos,
pero no mediando ningún elogio,
has de saber que aquí éstos tienen veneno de lisonja.

Abro de irnos amando en el polo opuesto del Amor.

30.4.13

te repiten tanto lo que no eres
las palabras son martilladas con tal fuerza
que un día
cuando tu espíritu gira en la posición propicia
acabas creyéndolo
encajando en alguna forma
porque el espíritu humano se debilita
y su carroña llama la atención de los que la buscan
pero algo antecede a otra cosa
y una cosa es prioritaria sobre la otra

el amor desenreda lo que está enredado
¿pero qué enreda al amor si por miedo a la soledad
entregas tu espíritu para que alguien lo manosee?
el hombre que aprende a amar echa raíces
el que contempla ama
el que se funde en amor conserva siempre su ser individual
y no entrega su espíritu a otro para sentirse arraigado
el que ama llora
y el que se inclina puede amar
como el que fuerte en espíritu se yergue
y pelea la batalla

la soledad es abrirse en espíritu cuando otros se reducen
llorar cuando otros ríen
mirar el cielo cuando ellos ven hacia adelante
desclavar el clavo que el martillo clava

pero más de uno mira el cielo
y el que ama no está solo

no quedará rastro del hombre
el rastro es ahora
y nadie amará lo humano
el amor es ahora
y nadie se acordará del hombre y la proeza
el recuerdo es ahora
¿y quién desea mantener estas cosas
en el vano de lo eterno?:
todos
salvo
los que viven
sueñan
aman
ahora


27.12.12




Al acto de poner en duda la razón como forma de vida, no se le responde poniendo en duda la fe, puesto que es un acto de fe vivir pensando que la razón es el modo más digno de vivir. 

17.11.12

Nota XXIV (Juan Gelman)

a ella

a la derrota o ley severa mi
alma sabió perder respeto/te amo/
cruza mi alma la agua fría donde
flotan los rostros de los compañeros

como envolvidos de tu piel la suave
o lámpara subida delicada
para que duerman delicadamente
subidamente en vos/llama que nombra

a cada sobra por su nido/dicha
o soledad de fuego para amor
donde descansen bellos mis muertitos

que siempre amaron rostros como vos
donde tu rostro avanza como vos
contra la pena de haber sido/ser


I

Tu rechazo, como Frida, a la compasión.
Mi rechazo al frío.
Piscis.
Tu desagrado por el sol.
Martes: mi irreconciliación con el mundo.
Tu pasión por la noche.



II

Hay, en serio, un pulso imparable de apertura de noche.
A mí me da un hambre racional de deconstruir el lenguaje. Desarmarlo en 16 partes
y ordenarlo en forma de atmósfera que envuelva el polen de una margarita en un campo de orquídeas.
Yo de texto, tú sentido. Tu enjuagas el sentido y te lo pones. Tranquila mente.
Yo aborrezco salar el entorno con la sal de tu producción,
por eso no espero nunca que me sientas.



III

Aquí se intenta tirar de la palabra
del enunciado
del párrafo
del cuento
a rastras colocarlos entre la grotesquería y la inteligencia
para que las palabras no remitan a uno
para que no se acuerden de mí ni de ti ni de nadie.

                                   

31.10.12


El modo en que Eitán e Isabella llevaban su amistad rayaba en la ensoñación. Desde cierto punto de vista podía ser casi terrorífico, o al menos inquietante. Tal vez poético. Los veo de espaldas con sus cabellos rubios, caminando cuesta abajo una tarde soleada de mayo, deteniéndose en una pequeña lila para examinarla brevemente y después continuar entre calles tibias e indiferentes. La despreocupada ciudad de principios de los ochenta, una ciudad inmersa en sí misma.

Sucede que al hombre se le escabulle el patetismo implícito en cada uno de sus actos, es decir, casi nunca es consciente de la inocencia natural que supone su desenvolvimiento cotidiano. Para el hombre, el hombre mismo es grande; vive en el hombre y, por lo tanto, para el hombre. Se impone una trama vital que se le va de las manos y que termina reduciendo su humanidad a mero artificio. El ser humano crea sus propios problemas, pero éstos no le sirven para desarrollar de lleno en lleno sus capacidades. En un punto de la historia, de la puesta en escena, esos problemas, esos pequeños estorbos, se vuelven monstruos inmensos que lo atrapan. Y así se emprende el vuelo de la vida, y para no sentirnos tan desolados compartimos nuestras propias miserias, nuestro propio veneno. Malicia, vanalidad, insignificancia, frustración: "Cosas que tengo que repartir. Es demasiado para mí solo".

De alguna manera, en la ciudad de aquellos tiempos ya se estaba prefigurando lo que habría de estallar después. Juárez era entonces la antesala de la cólera y el furor, de la excitación y el sinsentido. Isabella y Eitán pronto fueron aceptados como parte del paisaje (es decir, ellos formaban parte de algo: de una colectividad que si bien los veía con recelo y una mezcla de curiosidad y menosprecio, al menos los toleraba), pero en el hombre natural se fortalece el tópico, se cumplen las reglas de un destino: cuando algunos vecinos no podían hacer nada consigo mismos, cuando se aburrían y querían huir de sí mismos, volvían otra vez a ellos, a ese par de niños lejanos que fueron siempre como una pequeña piedra en el zapato a la que uno se acostumbra pero que de vez en cuando causa una leve incomodidad. En ese momento quedaba anulada toda tibieza y toda indiferencia. La gente siempre terminaba prestándoles atención.

En 1985 Isabella contaba doce años. Una sola vez se dirigió a mí. Yo había entrado a casa de Eitán a instancias de su madre, una hermosa mujer judía de facciones muy nobles que solía ocuparse, junto a sus suegros, de un bazar de antiguedades en la calle Montemayor. Me pidió que esperara en la sala. Estando ahí, lo primero que vi fue una televisión que exhibía una imagen en blanco y negro; a un lado, resaltada por la luz de una lámpara antigua y un poco ajada, había una mesita negra con fotografías familiares; al fondo, algo más oscuro, un pequeño y solitario librero, también negro. A mi derecha, parte de la pared tenía un tapiz color crema con ornatos dorados o cafés. Los sillones: amplios. Ahí estaba ella, mirándome con el azul de sus ojos. Tenía una pelota de béisbol entre las manos. Titubeando un poco en la pronunciación del nombre japonés, me dijo: Es una película de Kenji Mizoguchi.

Pero yo no dije nada. No supe, y aunque lo supiera no hubiera podido.

Su único amigo bajó las escaleras, traía el guante y el bat. Un poco tímido me saludó, y luego se fueron.

Ciertos días soleados y especiales, a través del aroma que despiden las lilas, o de esa atmósfera que aún prevalece en algunas viejas casas de nuestros mayores -los olores dominicales en sus cocinas, por ejemplo-, vuelve a mí esta vaga sensación de no haber concluido nada en su momento. Algo no se cerró, y de hecho nadie lo hizo. Todos partimos sin herirnos, o hiriéndonos sin querer, pero nadie ejerció la voluntad de poner las cartas boca arriba. Por eso es que aquellos niños fueron todo el tiempo lejanos, no llegaban a complicarle la vida a las familias que ahí convivían, pero tampoco fueron un signo, entre otros, que les ayudara a completar un sentido. Un sentido de las cosas, un mapa en el cual justificarse. ¿Y por qué ellos u otros cualesquiera iban a ostentar semejante responsabilidad, una responsabilidad que es personal en cada hombre? ¿Bajo qué enfermedad actuamos cuando, desvalidos en la inmensidad del mundo, le endosamos al prójimo el compromiso de darnos un sentido, una clave para volver a recuperar nuestra vida? También aquellos tiempos fueron de ansiedades y miedos y odios, sólo que la gente no tenía plena consciencia de lo que podía lograr si lo exteriorizaba al nivel que se hace hoy. Ahora somos más libres que antes, pero no sabemos qué hacer con esa libertad.

Por lo demás, atrás quedaron, derogadas, las promesas que ambos se hicieron. En el 96 supe, sin yo buscarlo, que a Eitán se lo podía encontrar en no sé qué dirección atendiendo un negocio familiar de partes para carros. Entiendo que estaba bien y no estaba casado. La misma persona que me habló de esto, también me enteró que Isabella no estaba aquí, sino en Toronto, creo. Casada. Licenciatura en Medicina. Fue todo. Nada importante. Quizás también ellos dejaron ciclos incompletos o puertas sin cerrar, y no demostraron ni odio ni compasión; tal vez también ocuparon su sagrado tiempo en cosas insignificantes y, detenidos por la tristeza o asaltados por la desidia, vieron pasar los días como nubes que se van y no regresan. Pero la vida es. Ella no se detiene.