"... a pesar de su trascendencia existencial la reflexión plasmada en papel no sustituye la valía de la vivencia".
Jorge Ordóñez Burgos.
Esta música, minimalista y elegante, misterioso carrusel,
mate forrado en oscuro carpincho con bombilla de plata, es la que estaba -en
forma de maldición, diría Melingo- en el momento que entraba yo al ruedo. Salgo
de mi refugio, echao pa'lante, con el cuerpo decidido y el caminar sobrio (sin
embargo). ¡Es que es la cabeza la de la sobriedad!: ya ha captado otras veces
el susurro irónico y caliente de la rancia maquinaria del cuerpo, que le
elabora preguntas y frases después de cada exhalación de cansancio: "para
qué correr, por qué", "el ejercicio como allanamiento del cuerpo,
sería interesante hacer un ensayo con ese título", "sería mejor
dejarse llevar, beber el día que a uno se le antoje beber, y quedarse acostado
cuando uno desee quedarse acostado". Patanjali dijo que las asanas no
deben ser dolorosas. Necesito una escuela de yoga (¿necesito ir a una, o quiero
ir a una?). Necesito un carro. Necesito dinero para comprar el carro. Toma aire
para inflar sus pulmones, exhala lentamente por la boca (o, más bien, lo más
lento que puede), es un toro en el ruedo asistiendo a la primera señal de
agotamiento antes de que lo encare, como un tren, su sangrienta realidad, por
eso tiene todavía las piernas fuertes y el trote firme. La brisa en contra le
trae el perfume de una sonriente adolescente que pasa patinando junto a él,[1]
pero él sólo se concentra manteniendo la vista en el asfalto. Semanas atrás
había comenzado a alimentar una peculiar concepción acerca de las carreras, un
artificio, invención propia que supone abiertamente el disparate de un trabajo
en equipo entre la vía y el corredor. Si todo cuerpo ocupa un lugar en el
espacio, entonces yo soy yo y mi espacio. Disculpe usted, Ortega y Gasset. A
efectos de retrasar el cansancio, digamos, dilatarlo, distribuirlo, porque
esto, como todo, es un asunto de proporciones, el método y la pericia del
corredor han de consistir en visualizar que es uno el que se adapta y el camino
el que procede. Sí, señor, preocupadísimo y esforzado deportista, atleta en la
Competencia de las Vicisitudes de la Vida: no será usted el que avance, pero sí
el que responda con entereza al proceder de la vía, a su movimiento, cuya
velocidad, por otra parte, no tendría por qué poner en jaque su capacidad de
respuesta mediante una treta que implique un repentino y vulgar cambio de
ritmo, ya que se desarrollará, siempre, según sus necesidades, tomando en
cuenta, por ejemplo, la resistencia del viento o la escasez de aire en sus
pulmones, si se le escapa el aliento, si tiene el llamado dolor de caballo,
etc. Es un trabajo en equipo, un asunto de intimidad entre usted y la vía. Si
alguna vez ha usado usted uno de esos aparatos de ejercicio que en el norte
llamamos, sin ningún pudor ni decoro, caminadora, habrá consentido ya el ardid
de la mecánica: usted suda, jadea y termina extenuado del mismo modo que si
hubiese corrido, aunque no se puede decir propiamente que haya corrido, en el
sentido literal del vocablo, de desplazamiento.
Un acto de inversión, de traslado, de imaginación, bastará
para comenzar a considerar que la pista deportiva es la banda movible de la
caminadora, con la consiguiente ventaja de poder percibir, resueltamente y sin
desconfianzas, los divinos tés de la naturaleza que emanan de esos
extraordinarios sobrevivientes de la ciudad, que son los árboles, como los
eucaliptos, los chamizos y los huizaches.
La mente es flexible, hasta cierto punto; es al cuerpo lo
que el tiempo es al marco de referencia en el mundo de Einstein. ¡Ay, de aquel
glorioso tiempo en que el cuerpo estaba a la altura del pensamiento!, cuando
gozaba de autoridad para la educación del alma, y por medio de la Virtud Madre,
que es la justicia, ambas dimensiones reinaban con autoridad, sin resquemores
ni culpabilidades. Balbucéanos, sobajado y monstruoso Eros, ¿cuál era el pecado
del cuerpo, entonces? Porque la filosofía, con sus puntuales y escrupulosos
refrenos, y ese caldo, aún caliente y comible, que es la tradición
judeocristiana, con su delimitado, sublime y bien trazado sistema de valores,
han reducido el cuerpo a una madeja de operaciones inferiores, peligroso
instrumento para tallar el diamante del alma. Toda actividad humana que
destaque el cuerpo, es deplorable o digna de encomio, pero siempre inferior a
la que se vale del alma. ¿Y acaso no es el cuerpo lo suficientemente denso,
cómo decirlo, humano, grande, para cultivarla y beneficiarla? ¿Y sobre qué
dualidad humana estamos divagando? ¿No es el hombre un todo? Y he visto -la
historia de la humanidad está llena de eso- que el sometimiento del cuerpo da
para ganar algo de satisfacción, y dicen "el cuerpo es algo que se tiene
que dominar", cuando deberían decir que se tiene que educar, y he
escuchado, asimismo, la voz aleccionadora del joven, muy ancho y seguro de
poseer un tesoro superior, que aconseja "devorar" libros, pero digo
yo que se pueden atragantar si hacen esto, que lo decisivo no es devorar, sino
rumiar...
Sí, lo acepto: puede ser un ocioso y estúpido enfoque de
términos...
Entre este ramaje de cuestiones y tanteos, había recorrido
otro kilómetro. Ya pardeaba, y el camino, es verdad, comenzaba a moverse...
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