17.11.12

I

Tu rechazo, como Frida, a la compasión.
Mi rechazo al frío.
Piscis.
Tu desagrado por el sol.
Martes: mi irreconciliación con el mundo.
Tu pasión por la noche.



II

Hay, en serio, un pulso imparable de apertura de noche.
A mí me da un hambre racional de deconstruir el lenguaje. Desarmarlo en 16 partes
y ordenarlo en forma de atmósfera que envuelva el polen de una margarita en un campo de orquídeas.
Yo de texto, tú sentido. Tu enjuagas el sentido y te lo pones. Tranquila mente.
Yo aborrezco salar el entorno con la sal de tu producción,
por eso no espero nunca que me sientas.



III

Aquí se intenta tirar de la palabra
del enunciado
del párrafo
del cuento
a rastras colocarlos entre la grotesquería y la inteligencia
para que las palabras no remitan a uno
para que no se acuerden de mí ni de ti ni de nadie.

                                   

31.10.12


El modo en que Eitán e Isabella llevaban su amistad rayaba en la ensoñación. Desde cierto punto de vista podía ser casi terrorífico, o al menos inquietante. Tal vez poético. Los veo de espaldas con sus cabellos rubios, caminando cuesta abajo una tarde soleada de mayo, deteniéndose en una pequeña lila para examinarla brevemente y después continuar entre calles tibias e indiferentes. La despreocupada ciudad de principios de los ochenta, una ciudad inmersa en sí misma.

Sucede que al hombre se le escabulle el patetismo implícito en cada uno de sus actos, es decir, casi nunca es consciente de la inocencia natural que supone su desenvolvimiento cotidiano. Para el hombre, el hombre mismo es grande; vive en el hombre y, por lo tanto, para el hombre. Se impone una trama vital que se le va de las manos y que termina reduciendo su humanidad a mero artificio. El ser humano crea sus propios problemas, pero éstos no le sirven para desarrollar de lleno en lleno sus capacidades. En un punto de la historia, de la puesta en escena, esos problemas, esos pequeños estorbos, se vuelven monstruos inmensos que lo atrapan. Y así se emprende el vuelo de la vida, y para no sentirnos tan desolados compartimos nuestras propias miserias, nuestro propio veneno. Malicia, vanalidad, insignificancia, frustración: "Cosas que tengo que repartir. Es demasiado para mí solo".

De alguna manera, en la ciudad de aquellos tiempos ya se estaba prefigurando lo que habría de estallar después. Juárez era entonces la antesala de la cólera y el furor, de la excitación y el sinsentido. Isabella y Eitán pronto fueron aceptados como parte del paisaje (es decir, ellos formaban parte de algo: de una colectividad que si bien los veía con recelo y una mezcla de curiosidad y menosprecio, al menos los toleraba), pero en el hombre natural se fortalece el tópico, se cumplen las reglas de un destino: cuando algunos vecinos no podían hacer nada consigo mismos, cuando se aburrían y querían huir de sí mismos, volvían otra vez a ellos, a ese par de niños lejanos que fueron siempre como una pequeña piedra en el zapato a la que uno se acostumbra pero que de vez en cuando causa una leve incomodidad. En ese momento quedaba anulada toda tibieza y toda indiferencia. La gente siempre terminaba prestándoles atención.

En 1985 Isabella contaba doce años. Una sola vez se dirigió a mí. Yo había entrado a casa de Eitán a instancias de su madre, una hermosa mujer judía de facciones muy nobles que solía ocuparse, junto a sus suegros, de un bazar de antiguedades en la calle Montemayor. Me pidió que esperara en la sala. Estando ahí, lo primero que vi fue una televisión que exhibía una imagen en blanco y negro; a un lado, resaltada por la luz de una lámpara antigua y un poco ajada, había una mesita negra con fotografías familiares; al fondo, algo más oscuro, un pequeño y solitario librero, también negro. A mi derecha, parte de la pared tenía un tapiz color crema con ornatos dorados o cafés. Los sillones: amplios. Ahí estaba ella, mirándome con el azul de sus ojos. Tenía una pelota de béisbol entre las manos. Titubeando un poco en la pronunciación del nombre japonés, me dijo: Es una película de Kenji Mizoguchi.

Pero yo no dije nada. No supe, y aunque lo supiera no hubiera podido.

Su único amigo bajó las escaleras, traía el guante y el bat. Un poco tímido me saludó, y luego se fueron.

Ciertos días soleados y especiales, a través del aroma que despiden las lilas, o de esa atmósfera que aún prevalece en algunas viejas casas de nuestros mayores -los olores dominicales en sus cocinas, por ejemplo-, vuelve a mí esta vaga sensación de no haber concluido nada en su momento. Algo no se cerró, y de hecho nadie lo hizo. Todos partimos sin herirnos, o hiriéndonos sin querer, pero nadie ejerció la voluntad de poner las cartas boca arriba. Por eso es que aquellos niños fueron todo el tiempo lejanos, no llegaban a complicarle la vida a las familias que ahí convivían, pero tampoco fueron un signo, entre otros, que les ayudara a completar un sentido. Un sentido de las cosas, un mapa en el cual justificarse. ¿Y por qué ellos u otros cualesquiera iban a ostentar semejante responsabilidad, una responsabilidad que es personal en cada hombre? ¿Bajo qué enfermedad actuamos cuando, desvalidos en la inmensidad del mundo, le endosamos al prójimo el compromiso de darnos un sentido, una clave para volver a recuperar nuestra vida? También aquellos tiempos fueron de ansiedades y miedos y odios, sólo que la gente no tenía plena consciencia de lo que podía lograr si lo exteriorizaba al nivel que se hace hoy. Ahora somos más libres que antes, pero no sabemos qué hacer con esa libertad.

Por lo demás, atrás quedaron, derogadas, las promesas que ambos se hicieron. En el 96 supe, sin yo buscarlo, que a Eitán se lo podía encontrar en no sé qué dirección atendiendo un negocio familiar de partes para carros. Entiendo que estaba bien y no estaba casado. La misma persona que me habló de esto, también me enteró que Isabella no estaba aquí, sino en Toronto, creo. Casada. Licenciatura en Medicina. Fue todo. Nada importante. Quizás también ellos dejaron ciclos incompletos o puertas sin cerrar, y no demostraron ni odio ni compasión; tal vez también ocuparon su sagrado tiempo en cosas insignificantes y, detenidos por la tristeza o asaltados por la desidia, vieron pasar los días como nubes que se van y no regresan. Pero la vida es. Ella no se detiene.

6.7.12

El espíritu y la luz con que una madre carga a su pequeño son únicos
No hay en el mundo otra especie que los tenga
Yo he visto a dos metros de mí el decaimiento del semblante de una madre
 justo en el momento de su persistencia
Y he visto cómo el bebé sólo vive
Se agarra de la vida con una manita
colgado de la luna en cuarto creciente
Esboza el instinto en un bostezo.

La madre está, y el niño es
Pero hay madres que también son
Y hay niños que también serán.

En ese entonces el mundo siempre cobrará un sentido.

Veinte años sin Piazzolla

Comencé a escuchar a Piazzolla hace nueve años. Cuando llegué a Chihuahua, con la nostálgica expectación del que llega solo a una ciudad y una escuela nuevas, su obra era todo lo que mi corazón quería si de música se trataba. Llegaba de la universidad y mientras cocinaba podía escuchar Verano porteño o Milonga del ángel. Después, todo lo que hacía era estar solo, es decir, hacía lo que es normal en un estudiante: leer, hacer las tareas, ver televisión, pero la soledad siempre estaba ahí, conmigo, o detrás de mí,. Permaneciendo. Era un musgo la soledad.

No me recuerdo triste. Ese periodo fue lo suficientemente rico en sentimientos y experimentos intelectuales para poder decir que fue el que más definió favorablemente mi modo de ver la vida y de relacionarme con el Mundo. Leía a Nietzsche y escuchaba a Piazzolla; jugaba futbol (a veces solo, si es que eso es posible) y pasaba horas revolviendo mapas y revistas en la Librería Kosmos.

Se que una tarde de lluvia estuve sentado al pie de la puerta de una habitación que daba a un jardincito con rosales, sé que escuchaba Fuga y misterio, y días después habría de comprender que esa música era la sangre en el sistema circulatorio de mi alma, y llenaba las venas como el agua llena las hendiduras de un terreno. Un terreno como aquel jardín, por ejemplo.

¿Es tango Piazzolla? Si para que su música pudiera ofrendarse en toda su plenitud a los sentidos y al alma, tuviéramos que quitarle la etiqueta de Tango, más de uno se la quitaríamos. Eso no importa. Pero tomemos en cuenta que no todo el que habla de Piazzolla ha comprendido qué fue su música, ni todo el que lo rechaza conoce las ánimas del tango. El verdadero Piazzolla se encuentra sólo en la música que dejó.





Astor Piazzolla
(marzo de 1921 - julio de 1992)

30.5.12




Hay días que tengo ganas de segar
entonces el hombre ya se sabe se escuda en el hacer
hacer escritura, hacerle un corte oblicuo a un retazo rectangular de tela
hacerse un corte en las venas, un bol de avena por la mañana
un mañana la víspera del día anterior, vivir,
paliar la soledad pagar los recibos
                                                                                           pagar vivir

A ver, ¿qué quiere el hombre, ese animal triste por derecho propio?
por qué esa tristeza de levantarse a las siete cuarenta y cinco de la mañana y de la noche
a escribir para paliar otro día la necesidad de no sentirse triste por la noche
por la mañana
por amor o por pecado
por favor por amor por humildad pienso
volveremos a levantarnos
por las mañanas
y diremos: hoy es el día en que voy a abonar un pequeñísimo grano de arena a la causa presuntamente perdida
de comenzar a hacerle un corte oblicuo a esa horrible tela de la tristeza


a esa horrible tela de la tristeza

15.5.12


Discontent is the first step in the progress of a man or a nation
Oscar Wilde.



Creo que el mejor apoyo que se le puede dar a la democracia, a la diversidad de ideas, a la libertad de opinión, en un país como este, donde los periodistas y los activistas son torturados y asesinados por hacer su trabajo y defender sus derechos, es asumir una postura crítica y, a la par, una postura prudente. No se trata de sembrar discordias, ni se trata de estériles apasionamientos. México está ahora despertando lentamente, está cobrando consciencia, de modo incipiente, de la mediocre educación y la imposición de ideas que le fue impuesta hábilmente durante mucho tiempo, no sólo por los gobiernos, sino por los grandes poderes mediáticos, en alianza con esos gobiernos. No obstante, se ha ido haciendo evidente, cada vez más (como algo que ya se está comenzado a desbordar), que esto es más que suficiente para incomodar a esos injustos educadores del pueblo, los cuales apenas ven un atisbo de crítica verdaderamente inteligente comienzan a sentir comezón y reaccionan con furia, tratando inmediatamente de refrenar la libertad de expresión con tal de mantener sus intereses, empujando exactamente al lado contrario. No, señor Azcárraga, ya no estamos en la década de los setenta, ya pasó el sexenio de López Portillo; aunque lo quisiera, usted no tiene el poder ni la autoridad para vetar a una juventud que comienza a despertar, a separarse, ni a un país que ya está harto de tanta peste de mediocridad. Sepa que la riqueza de una nación se encuentra en la diversidad cultural, en la pluralidad, en la variedad de ideas, no en los monopolios ni en la uniformidad, ni en la imposición.

Estoy escribiendo muy rápido esta breve entrada, desde mi lugar de trabajo, horas después de haberme enterado del desplegado que publicó en distintos diarios esta mañana Alejandro Puente Córdoba. Me causa mucha indignación que se ataque a una persona por el hecho de hacer preguntas de cuyas respuestas todos tenemos derecho a enterarnos como ciudadanos que somos, en tiempo de campañas electorales. Lo menos que puede hacer un ciudadano inconforme con su situación es expresar lo que piensa y defender la libertad, escuchar las distintas opiniones, formar una opinión coherente de los candidatos y ejercer el derecho al voto, para que no se vuelva a encumbrar  otros seis años más la ignorancia y la iniquidad. Desde aquí expreso toda mi admiración y mis respeto a Carmen Aristegui.

7.5.12

El cariño hacia alguien, debe ser expresado de tal modo que la persona, objeto de ese cariño, no piense que hay un interés velado en esa expresión.[1]

Así como hay un arte de insultar, así también hay un arte de amar, pero notemos que mientras el insulto consiste en su enunciación, el amor puede subsistir -quizá por un breve periodo- como un gran tubérculo subterráneo, como un corazón palpitando debajo de una tierra negra, misterioso y escondido de la persona amada, así que la manifestación de ese amor debiera ser cuidada, así como se pone cuidado en la cosecha y no sólo en el cultivo.


[1] En todo caso debería intuir un interés totalmente abierto.